miércoles, 3 de junio de 2015

MICROCUENTOS 19: "LAS MEDIOCRES AVENTURAS DE MEDIOCRE-MAN"




19-LAS MEDIOCRES AVENTURAS DE MEDIOCRE-MAN



Mediocre-man se despierta cada día a las 7,30 de la mañana con la música de la serie más de moda que suena desde su smartphone de última generación. Todavía medio dormido se sienta en el borde de la cama maldiciendo su vida por una milésima de segundo, y luego revisa su whatsapp para ver si ha llegado algo interesante mientras dormía. Mediocre-man nunca recuerda lo que ha soñado. Desayuna un café bien cargado en el que moja tres magdalenas que saben a plástico, y luego fuma con avidez un cigarrillo de tabaco rubio. Para vestir elige un traje exactamente igual al que se puso ayer y una corbata completamente diferente a cualquier otra que se haya puesto antes.



Mediocre-man coge cada día su caro coche en el garaje del chalet adosado que jamás terminará de pagar, y sale al exterior haciendo chirriar las ruedas para mofarse de la gente que espera en la estación de autobús. Luego sale a la autopista y en la hora larga en la que está atascado entre otros cientos de coches pita, maldice, se caga en el gobierno y para relajarse retwittea como si fueran suyos chistes que otros han escrito. Y salga a la hora que salga, siempre llega cinco minutos tarde al trabajo.



Mediocre-man se pasa cada día entre nueve y doce horas viendo números pasar en la pantalla plana de un ordenador, en una oficina que a grandes rasgos es igual que todas las oficinas del mundo. Y en los breves descansos que su labor le permite sale a la escalera de incendios a fumar, y hace chistes con sus compañeros, y critica alternativamente a sus jefes y a los compañeros que no están en ese momento. Mediocre-man hace todas estas cosas con la seguridad que confiere el saber que están haciendo lo mismo otros miles de millones a la vez que él, pero también con la convicción de que él las hace de manera mucho más especial que todos ellos. Con más gracia. Como si estuviese más vivo.



Al salir de trabajar, Mediocre-man elige de manera aleatoria a cualquiera de sus compañeros, probablemente alguno de los que ha estado criticando antes, y le propone que los dos se vayan a un local de copas muy de moda, con diseño minimalista y cúbico, a tomar gin-tonics que cuestan el sueldo anual de un trabajador tercermundista. Antes de entrar al sitio respiran por un billete enrollado un par de líneas de un polvito blanco que los hace sentirse más físicamente reales, y luego en el local beben copa tras copa mientras se ríen de la vulgaridad de sus compañeros de oficina, intentan seducir infructuosamente a la camarera y se dicen "tequierotíotequiero" sospechando que no es verdad, pero sin poder asegurarlo del todo.



A la vuelta paran el coche en un parque de árboles que parecen artificiales, paran el coche y alternativamente pasan al asiento de atrás para que una profesional de sonrisa forzada les haga una felación triste, y dicen "uau, uau, yeah", y antes de separarse se dan un distante abrazo repitiendo "tequierotíotíotequiero". Luego Mediocre-man se queda solo.



Es entonces cuando Mediocre-man se desnuda. Saca del coche pintura de luz negra de diferentes colores y se la vierte por encima y luego se tira al suelo y da vueltas sobre la hierba y sobre la tierra, y si hace falta se echa por encima plumas de pollo rojo que tiene guardadas en una bolsa de la guantera, todo ello con la intención de parecerse lo más posible a un sátiro multicolor huido del manicomio del Olimpo. Y cuando ya ha conseguido este aspecto, Mediocre-man corre por las calles de las urbanizaciones echando espuma por la boca y gritando "¡Tekelili, Tekelili!", y pelea con los gatos, y aúlla a la luna y corre, corre hasta que da con un sitio adecuado, y entonces pinta sobre el asfalto viejos símbolos cabalísticos para invocar a un demonio chillón que es medio mujer jamaicana y medio poema beat, y hace con ella un amor salvaje entre rayos furiosos y nubes con cara de valkiria negra, mientras vomita mariposas de fuego y teoremas matemáticos que sonríen. Al terminar, cuando el demonio se ha desvanecido, Mediocre-man se limpia con toallitas perfumadas y busca su coche para regresar a casa. 



Y sí, Mediocre-man sabe muy bien que estas últimas acciones de cada uno de sus días no encajan demasiado con el resto de su vida sedentaria y conformista. Pero son necesarias, lo sabe muy bien. Porque Mediocre-man sospecha que si no las hiciese, probablemente sería la persona más mediocre del planeta, y esta posibilidad de ser excepcional en algo, aunque ese algo sea la no excepcionalidad, le aterra hasta el mismísimo tuétano. Por eso las hace. Sólo por eso.



No obstante, últimamente está notando que antes de caer al sueño sin imágenes, mientras en su cama mira el techo y escucha las noticias deportivas, le vuelven a la mente con más frecuencia de lo que le gustaría imágenes de esas correrías nocturnas, y siente al evocarlas un extraño escalofrío de satisfacción. Un escalofrío que no es en absoluto mediocre.



Un día de estos va a tener que hacérselo mirar.





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